jueves, 24 de diciembre de 2015

Fido, ejemplo de fidelidad.

En un pequeño pueblo italiano llamado Borgo San Lorenzo, a finales de la década de 1930, vivía un joven de nombre Luigi que adoptó y crió un perro mestizo bautizado como ¨Fido¨.

Luigi trabajaba en una carpintería de un pueblo cercano y, al igual que hacia el fiel perro Hachiko, su pequeño perro Fido le acompañaba a la estación cada mañana y regresaba cada día de nuevo por la tarde a buscarlo a las 5:30 cuando regresaba del trabajo.

Después de expresar con brincos y ladridos la alegría del encuentro con su amo, Fido daba unas carreritas y saltaba en el monte todo contento, hasta llegar a casa. Esa rutina diaria fue interrumpida bruscamente cuando Luigi fue reclutado en el ejercito y enviado al frente ruso en 1943. Sin embargo, la interrupción de la rutina lo fue para Luigi pero no para Fido que, aunque ya no iba por las mañanas, acudía puntualmente cada tarde a la estación del tren esperando el regreso de su querido amo.


Fido oía de lejos, apenas perceptible, el ruido de la locomotora. Todo tenso y esperanzado veía al tren pararse en la estación. Entonces iba de vagón en vagón, moviendo su colita y husmeando las escaleras y los pasajeros que bajaban para identificar alguna huella de su amo. El tren se marchaba y la gente también. Después de esperar un rato más, Fido, triste y abatido con la cabeza baja y la cola entre las piernas, regresaba solitario a su casa donde los padres de Luigi aún albergaban una chispa de esperanza de volver a ver vivo a su hijo amado. Sin embargo Luigi nunca volvió. Fue una victima más de la Segunda Guerra Mundial y falleció sin poder regresar a casa.

Los meses y años pasaban. A principios de los 50, Fido tenia ya muchas dificultades para desplazarse. No pudo escapar de los achaques de la vejez, tenia artritis. Sin embargo, Fido no perdía esperanzas. A pesar de sus dificultades para moverse y las fuerza se mermaban cada vez más, el seguía con su rutina convencido del regreso de su amo. El trecho de camino que antes hacia con ligereza en 15 minutos, ahora le llevaba más de 2 horas, llegando a casa completamente agotado. Fue una tarde de invierno con fuerte vientos y nevada cuando Fido dio sus últimos pasos sobre el blanco camino y su noble corazón dejo de latir mientras intentaba llegar a la estación.


Al día siguiente encontraron su viejo cuerpo congelado y cubierto de nieve. Fido no se rindió ni se tumbó a descansar o a dejarse morir como habríamos hecho nosotros, sino que quedo literalmente petrificado mientras caminaba. Fido peleó hasta que el frió literalmente heló sus músculos en su ultimo paso.

Su epitafio: ¨A Fido. Ejemplo de Fidelidad¨.
Todo el pueblo conocía a Fido, todos lo lloraron, todos lo vieron hacer sus caminatas infructuosas y sabían lo que Fido buscaba desesperada mente. No fue difícil convencer a esa gente modesta y buena de colaborar para construir una estatua en la memoria de Fido, situada hoy en día al lado de la misma estación de ferrocarril de Borgo San Lorenzo que Fido visitaba a diario, día tras día por el resto de su vida.